Tuesday, July 7, 2020

La nostalgia de lo que no ocurrió

Tengo 16 años y empiezo mi cuarto año en un colegio nuevo. Es un colegio inglés en Villa Urquiza donde conozco a casi todos mis compañeros. Muchos jugaban conmigo al rugby, otros los conocía por ser amigo de mis amigos. Me sentía cómodo por primera vez como hacía mucho tiempo que no me pasaba en un lugar. Sentía que ese colegio era un lugar al que pertenecía sin nunca antes haber pertenecido. Es mi primera semana y los recreos son mi momento social preferido. El calor y el sol del fin del verano hacen todo aún más amigable. Estoy distinto, confiado, cómodo. Encontré mi lugar. Mi amigo Gabriel con quien había compartido unas vacaciones unos meses atrás se reía de mí y me decía que parecía que siempre había ido al colegio. Con el también pasó algo así, nos conocimos y parecía que habíamos sido amigos de toda la vida. Con otro amigo, Agustín, me hicieron notar algo que antes no pasaba: “todas las minas te miran porque sos el nuevo. Pero sos el nuevo que conoce a todos”. No entendía mucho porque nunca antes me había pasado pero empecé a ver que eso realmente pasaba.
Hormonas a flor de piel y mi confianza aumentaba a medida que me sentía cada vez más mirado. Mientras tanto mi primera semana iba preguntando por cada una que me parecía linda de cada año. Un colegio chico, con un patio chico donde rápidamente ya estaba la población estudiada.
Último recreo de la tarde y de repente veo a una chica que jamás había visto. Estaba contra el mástil del fondo del patio, hablando con una profesora de inglés. Desfachatada, con aires de seguridad, medias caídas, zapatos náuticos gastados con algunos dibujos en los costados y una sonrisa cautivante.
“Gon, ¿quién es ella?” Le pregunte a quien sabía los nombres e historial de cada persona del colegio. No entendía como no la había visto antes.
“Es Julia, está en tercero. Creo que estaba de viaje”.
Esperé sigilosamente a que termine aquel recreo y subimos juntos la escalera al segundo piso. No me acuerdo que le dije en aquel pasillo pero aquella conexión estaba hecha. Durante todo el año me fui acercando de a poquito.
Nos hicimos amigos, cómplices, nos reíamos, hablamos por ICQ o MSN hasta tarde y a la mañana la veía llegar cansada caminando por la calle Plaza, donde ella vivía a dos cuadras del colegio. A veces se bañaba a la mañana y llegaba con el pelo mojado. Siempre con el tiempo justo o hasta unos minutos tarde de la hora de entrada.
Ella estaba de novia, medio en secreto y medio oficial, o quizás es algo que no quiero recordar pero teníamos sin duda una relación especial.
A fin de año una tarde me invitó a su casa. Los amigos la tiraron a la pileta, yo le acerqué la ropa para que se seque y fue donde sentí más de esa complicidad. Mis visitas a su casa de estilo inglés antiguo comenzaron a ser cada vez más habituales. Pasábamos horas hablando en su cuarto de paredes escritas, el piso de parquet chillón y los dados de peluche colgados en una silla. Me acuerdo que hablábamos de libros leídos y escuchábamos algunas canciones de Beatles pero creo que nuestra conexión era desde lo emocionales que éramos sin decirnos mucho. Me encantaba su simpleza, su fragilidad, el estilo bohemio hippón y su pequeño lunar en la nariz.
Las charlas comenzaron a subir de tono y una noche del 10 de enero de 2003 me despidió en su casa, en la puerta de su garaje. Nos abrazamos, nos acercamos y empezamos a besarnos. Puedo acordarme la rugosidad de su lengua contra la mía y como ella bajaba su mano a tocarme el culo sobre mi malla celeste. Nos despedimos y la sensación de plenitud que tenía al volver a mi casa era tal que hasta hice algunas de esas diez cuadras corriendo.
La culpa no iba a poder con ella que iba a terminar con su noviazgo y tuvimos varios meses de vernos a escondidas y en silencio. Horas en su casa, abrazos y hasta siestas juntos. Tuve un golpe en la cabeza por jugar al rugby y su visita a mi casa me transmitió calma. Sabía que su compañía estaba.
No nos expresábamos mucho sólo nos sabíamos compañeros y ante algunas demostraciones de mis sentimientos ella imponía cierta distancia. Estaba convencido de que era ella y creía que íbamos a perder la virginidad juntos, sin decirnos mucho, creo que ella también pensaba en ello.
Por momentos su distancia me presentaba cierta desconfianza e inseguridades y quien creía ser un nuevo galán no podía perder las oportunidades que se le presentaban. Ante preguntas insistentes mías y cierta ansiedad por su amor, ella se cuidaba y se desentendía de todo.
El día del desfile de 5to año del colegio una amiga suya me vino a hablar muy de cerca. Se acercó y nos dimos un beso. Me creí que le demostraba que no me importaba y que el galancito podía estar con quien se le de la gana. Estupideces de niño inseguro que no entendía lo que era apostar por el amor de otra niña inocente.
Me acuerdo su reacción, su distancia, mi arrepentimiento y como me rompía el corazón cuando rápidamente volvió con su novio original contándole todo lo que había sucedido conmigo. Había perdido contra mi ansiedad, contra mi mismo. Había perdido quien pudo ser mi primera historia de amor.
Siempre quedó el afecto intacto hacia ella a pesar de la distancia que empezó a marcar por razones lógicas.
Volví a cruzarla mucho tiempo después, cerca de la estación de tren. Creo que era año 2008 y fue la última vez que la volví a ver. Llevaba los ojos con lágrimas, apenas pude saludarla y darle un breve abrazo en el que no sirvió para contenerla.
Doce años después revisando viejos archivos de una computadora abandonada encontré una foto suya y quise compartírsela. Busqué en redes sociales su nombre y se la mandé. Le pedí un perdón tardío e innecesario tratando de enmendar algo. Compartimos algunos recuerdos más y leí unos textos que escribió de los cuales me quedo con una frase que describió todo lo que pasó diecisiete años atrás. Porque el tiempo hizo su trabajo y fue diluyendo todo menos los recuerdos lindos que hoy escribo acá, con nostalgia de lo que no ocurrió.

Tuesday, June 30, 2020

besos y abrazos

De chico era un asquerosito. No me gustaban que me den besos y hasta rechazaba los abrazos. Lo sentía invasivo. No había nada peor que te salude alguna vieja encremada o algún gordo transpirado con un beso. Me los limpiaba con la manga del buzo inmediatamente sin importarme que tan mal quedaba. Cuando se podía zafar mis viejos daban las explicaciones pertinentes: “no le gusta dar besos”. Aunque a veces eso podía ser peor y era forzado a una tortura de saludos que me provocaba repulsión.

 

Mi sobrino Severiano nació en un momento especial del planeta tierra. Nació en plena pandemia de Coronavirus donde los saludos pasaron a ser a distancia y la máxima expresión de afecto es un golpe codo con codo. ¡Qué envidia de momento para nacer! Ninguna vieja encremada que venga a besuquearte porque te cuida y no te quiere contagiar. Los gordos transpirados se te quedan a un metro y medio de distancia.

 

A mí siempre los momentos me agarran a contramano. En esta pandemia estoy recientemente separado y no hay nada que necesite más que un abrazo, un beso y una demostración de afecto y contención. Debería haberme almacenado besos de viejas encremadas y gordos transpirados para este momento.

El duelo

Es difícil aceptar que no vas a ver más a esa persona. O si, lo vas a ver, pero desde otro lado, en otro rol. Se terminó un ciclo y esa persona sigue existiendo, porque no es que se murió o desapareció. Solamente esa persona ya no está más en tu vida cotidiana.
Durante mucho tiempo fue muy importante para vos. Te dio alegrías, algunos enojos también y era alguien que disfrutabas mucho de ver. Pero ese tiempo pasó, el tiempo pasa para todo.
Extrañás. Extrañás mucho, pero al mismo tiempo comprendés que no puede volver a ser lo que fue. Entonces intentas ver las cosas como son.
Va a pasar mucho tiempo para que otra persona tome su lugar, si es que alguna vez alguien puede hacerlo. Y aún si eso llega a pasar, la huella que dejó será imborrable y va a ocupar un lugar en tu memoria y en tu corazón para siempre.
Posiblemente pases horas, años mirando sus videos y sus fotos. Recordarás momentos con nostalgia y vas a dejar caer lágrimas. Pasarán otros circunstanciales amainando tu dolor. En frustraciones volverás a recordar aquel ser que te hizo tan feliz pero que ya no puede ser.
Incluso hasta vas a sentir una apatía, sin ganas de volver a meterte en lo mismo. Te cuidás, quizás no expones tanto tus sentimientos y tus emociones.
El retiro de un ídolo fútbolístico es sin dudas un duelo. Para mí lo fue con Juan Román Riquelme.

Tuesday, May 5, 2020

No se traiciona a la sangre



Desconfío de tres tipos de hombres:

De quien no toma agua de la canilla bajo ningún punto de vista.
Porque lo considero un aburguesado, que pretende ser más de los es dentro su condición de humano. Si el agua de la canilla es potable como pasa en Buenos Aires cualquiera la puede tomar. No digo de aquellos que prefieren una Villavicencio con el vidrio empañado porque tiene un mejor sabor. Digo de aquellos a quienes les ofrecen agua de la canilla siendo lo único que hay y dicen que no. Aún cuando se mueren de sed. Siento que es como creerse que uno tiene un organismo superior al de otros humanos y si toman agua de la canilla se oxidan por dentro. Es como esos autos de gama alta a que sólo le podés cargar la super de alto octanaje. Desconfío de esas personas que se creen gama alta antes de ser personas.

De aquellos que, en baños públicos, habiendo mingitorios libres, eligen orinar en un cubículo.
Porque considero que tienen algo que ocultar. Al contrario que el punto anterior me da la sensación que se sienten inferiores. Estos son aún peores que los anteriores. Porque generan rencor. Los rencorosos, revanchistas pueden ser de temer cuando actúan.

Y aquellos que no son del mismo equipo de fútbol que su padre.
Sobre esta creo que son de los hombres que más te tenés que cuidar. Son aquellos que pueden traicionar su propia sangre. El equipo de fútbol no se elige. Uno es del equipo de fútbol que es su padre. Aún cuando su padre sea totalmente indiferente al fútbol y no le transmitió un fanatismo al hijo. El hijo debe ser el mismo equipo que su padre. En Argentina todo infante en cualquier parte del país en el que estes, vas a acercarte al fútbol de alguna forma. Es ineludible, si no te transmitieron esa pasión fútbolera en tu casa, la presión social hace que elijas a un equipo. Y vos, preocupado porque en el jardín estaban los hinchas de un equipo y de otro cuando llegas a tu casa, como todo niño recurrís a tu propio Wikipedia: tu padre. “¿Papá, de qué equipo sos?”. Y la respuesta va a ser la misma que vos vas a dar por siempre.
Si cambias esa respuesta, estás traicionando a tu propia sangre. Y si traiciona a tu propia sangre, puede traicionar a cualquiera.


Por eso, yo no elegí ser de Boca. No me acuerdo el día en el que elegí ser de Boca. Simplemente miraba los partidos con mi papá y con mis tíos y lo fui adoptando. Me acuerdo que antes de mis cuatro años ya era fanático. Tras largas luchas de glamour con mi madre conseguí que se empiecen a regalar camisetas de Boca y pasaron a ser mi elección diaria cuando me consultaban. Mi mamá muy preocupada consultó con un psicólogo porque le preocupaba mi obsesión por Boca. Mi mamá preocupada le llevaba los dibujos en los que había que colorear, y yo los coloreaba con la camiseta de Boca. El psicólogo me hizo unas preguntas, unas pruebas que ni me acuerdo de que habrán sido y le dijo a mi mamá. “La felicito, su hijo es superdotado. Porque ya eligió ser de Boca”.
Yo le pedía por favor a mi papá que me llevase a la cancha. No podía entender como eso no pasaba en mi vida. Y él, siempre me contaba que era un lugar peligroso y que todavía era muy chico para ir.
Hasta que finalmente iba a suceder, aquel acontecimiento que yo tanto esperaba. Mi papá me iba a llevar a la cancha. No lo podía creer. Mi emoción contenida, mi ilusión y expectativa por ver a mis ídolos en cancha y en un partido por Copa Libertadores.
Me acuerdo que estacionamos el Renault 12 marrón a unas cuadras, y caminamos por unas vías del tren abandonadas hasta llegar a la Bombonera. Estaba cayendo el sol y yo tenía las emociones a flor de piel. Sabía varias canciones simples que me habían enseñado y yo estaba listo para alentar. Mi primera gran desilusión fue que uno de mis ídolos, Diego Latorre, iba a estar entre los suplentes. Mi cabeza de un niño de cuatro años no podía entender como el mejor jugador era suplente.
Empecé a cantar con la salida del equipo a la cancha y veía los papelitos caer. El partido comenzó y llegó mi segunda gran desilusión. La hinchada empezó a cantar: “Ponga huevo, huevo los xeneizes. Ponga huevo, huevo sin cesar…” Y yo sonreí, y me emocioné y empecé a cantar también porque era otra de las canciones que sabía. Pero en el final yo canté lo que se decía siempre: “…esta noche cueste lo que cueste, esta noche tenemos que ganar”. Pero la 12 cantó “tenemos que empatar”. Yo quedé perplejo, y como todo niño inquieto fui a mi Wikipedia personal y le consulté:
“Papá, ¿Dijeron empatar?”
Si. Si empatamos, clasificamos y dejamos afuera a Las Gallinas” Me respondió mi viejo que siempre a River le dijo “Las Gallinas”.
Entonces yo entendí que era importante empatar y también cantaba por el empate, aunque igualmente yo estaba loco por ver un gol. Así que le dije a mi papá que yo quería que el partido salga 2 a 2.
Mi otra sorpresa fue que la hinchada empezó a cantar pidiendo la hora. Pero si todavía falta el segundo tiempo, recién empezaba. Mi cabeza no entendía y una vez más mi papá me explicó la ironía del canto de la hinchada.
El partido corría y mi decepción por el 0 a 0 y sin ocasiones de gol era cada vez mayor. Ingresaba Latorre a la cancha y mi ilusión volvía a crecer. Tuvo una chance de gol que es lo único que me acuerdo. La pelota saliendo por encima del travesaño y yo lamentándome la única situación que tuvo el partido.
Terminó el partido en un empate sin goles, pero la gente estaba exultante. Yo tenía un sabor agridulce de haber conocido la cancha, la hinchada y los cantos. Pero no pude gritar ningún gol.
A la salida en una esquina mi papá me levantó en sus hombros y me dijo que me sujetara bien fuerte y empezó a correr. Detrás nuestro, la policía montada nos corría sin razón. Me acuerdo sentir el pánico del peligro. Tengo grabado esa esquina con los portones de metal. Yo no podía dejar de pensar en los peligros de los que me hablaba mi papá. Finalmente cuando nos disipamos mi papá me explicó que esos eran uno de los peligros en la cancha y que por eso no quería traerme. Porque era para cuidarme.
Ese partido fue Boca Oriente Petrolero por el grupo de la Copa Libertadores del año 91. Conocido por las sospechas del arreglo de un empate que beneficiaba a ambos equipos.
Fue mi primera vez en la cancha de Boca y con mi papá. Yo jamás podría traicionar a mi sangre.

Friday, May 1, 2020

Mis momentos con el 10.

Siempre escuché el programa de radio de Matías Martin. Te hacen sentir como si estuvieses hablando con amigos. Tenían una sección en la que entrevistaban a un invitado haciéndole 17 preguntas. Las preguntas eran siempre las mismas y cada una habría a una historia que el invitado se explayaba. La pregunta número 10 era una anécdota con Maradona. Porque absolutamente todos los argentinos tienen algo con Maradona. Y es cierto, nadie le es indiferente Maradona. Aún hasta el más indiferente de todos tiene, aunque sea, una opinión del porque de su indiferencia. Siempre me imaginé en que sería esa pregunta para mí.
Yo iba a un colegio primario inglés en el barrio de Belgrano R. Vivía en Villa Urquiza y todas las mañanas me llevaba al colegio mi padre o mi madre, según la ocasión, recorriendo la Avenida Olazábal hasta el fondo y en Melián doblábamos a la derecha. Ahí fue, exactamente en esa esquina en una mañana de algún año de principios de los noventa la primera vez que vi en vivo y en directo a Diego Armando Maradona.
El Diego vivía en Villa Devoto y las hijas Dalma y Giannina iban al Colegio Pueblo Blanco que quedaba por Belgrano. Es decir, que todas las mañanas la familia Maradona hacía el mismo recorrido que yo a la misma hora durante todos los días del ciclo lectivo escolar. Sólo aquella vez nos cruzamos con el Diego.
Mi papá estaba llevándonos a mi hermana y a mí a la escuela. Los dos sentados atrás y yo en el asiento del lado derecho. Venía cansado como casi todas las mañanas de mi infancia (y muchas de mi adolescencia también) cuando siento que mi papá empieza a desesperarse. Sin entender que es lo que estaba sucediendo levanto mi miraba dirigiéndola hacia mi papá con fastidio por interrumpirme mis momentos de limbo antes de que tenga que llegar a la escuela. Mi viejo, me señala hacia la derecha por la ventanilla y me dice “Es Maradona”. Inmediatamente me despabilo, y veo a mi derecha por mi ventanilla un auto coupé blanco. Se veía al Diego tocando bocina y saludando a todos con la mano por afuera de la ventana. Es realmente difícil poner en palabras lo que me estaba pasando emocionalmente. Llegué extasiado al colegio a contar mi anécdota para ser el más popular del día. Mucho tiempo después entendí lo que era el Mito Maradona. Porque tengo mis serias dudas de que yo, con mis escasos años, tenga un criterio futbolístico acabado para poder elegir a un jugador por encima del otro. Era la influencia de las historias que a mi me contaban tanto mis familiares como los periodistas.
Mi segunda historia con Maradona es del 28 de noviembre de 1993. El 10 había llegado hacía un poco más de un mes a volver a jugar al fútbol argentino en Newells. Ese domingo Maradona iba a volver a la cancha de Boca como jugador. Para sumar al Mito Maradona mi papá decidió que me iba a llevar a la cancha.
Ir a la cancha para mi era el plan más familiar que había. Generalmente iba con mi papá y mis tíos. No era un habitué, pero tres o cuatro veces por año teníamos aquel plan en conjunto. Un año antes había vivido lo increíble que es ver a tu equipo campeón dentro de la cancha y con solo siete años. Pero la tarde de Maradona me iba a dejar tan eclipsado como el día del campeonato. Del partido me acuerdo poco y nada, pero tengo grabado el recibimiento, la ovación, la cantidad de fuegos artificiales que aturdían, de ver el humo que tapaban los viejos palcos y de ver a Maradona entrando a la cancha de Boca con la camiseta de otro equipo.
Después de la crisis económica argentina del 2001 el Colegio Pueblo Blanco había cerrado y la directora de ese colegio se fue al Colegio que estaba asociado a mi club de rugby. El San Eduardo en Vicente López. Dalma había seguido a su directora y se cambió a dicho colegio e iba a ser compañera de muchos amigos míos de rugby.
Después de una infinidad de traspiés académicos que fueron una tortura adolescente, tenía que terminar y elegí hacer el último año de mi secundario en el Colegio San Eduardo con mis amigos de rugby, y si, también iba a ser compañero de Dalma Nerea Maradona.
El 2004 había sido un año muy difícil en la vida de Diego. Era el año que estaba obeso, en Cuba y ya ni me acuerdo que problema tuvo que lo trasladaron a La Clínica Los Arcos y se salvó de milagro.  Yo en ese momento estaba en una etapa de enojo con Maradona. En los 6 años anteriores había visto al Boca de Bianchi ganar todo y mi admiración e idolatría había mutado para esos jugadores de Boca. Y con Maradona empecé a indignarme moralmente ética e hipócritcamente por sus acciones en la vida.
Con Dalma tuve una relación cordial en la que rara vez habló o mencionó al padre. Siempre la traté como una persona más y me demostró ser una excelente persona, totalmente centrada y sin ningún delirio como tranquilamente podría tenerlo siendo la hija de Dios.
A fin de año llegó el momento de la entrega de diplomas a los egresados. El Diego recientemente se había recuperado de su episodio, todavía estaba en Buenos Aires e iba a concurrir al evento. Aquel diciembre fue de un calor de esos que seguís transpirando después de bañarte y en la semana previa Dalma nos cuenta que su padre decía que hacía muchísimo calor y que con el sobrepeso que llevaba iba a transpirar mucho si iba de traje. Entonces que el había decidido ir en bermudas. Fue Doña Tota la que lo hizo cambiar de opinión para que se ponga el traje diciéndole que iba a ser la primera Maradona que terminaba la escuela.
En la entrega de diplomas cada egresado era llamado de a uno, y entraba desde el fondo, donde nos encontrábamos sentados, atravesando todo el salón hasta llegar al escenario. El Diego estaba pegado al pasillo que se formaba para atravesar el salón. En cuanto paso cerca suyo, por más enojo que tenía, quedé hipnotizado por su presencia. Creo que caminé todo el pasillo mirándolo a él, aunque sea de reojo. Evidentemente, fue tanto lo que lo miré que al pasar por al lado suyo el se extendió y me dio unas palmadas en el hombro. Sentí que me estaba teniendo contacto con un ser de otro universo. Cuando finalizó el evento todos fueron a acercársele a Maradona para una foto, un saludo o un autógrafo. A mí no me interesó, con esa palmada yo estaba de por vida y ya me había cautivado de nuevo y ahora para siempre.

Sunday, April 19, 2020

Alemao que no

Quien sabe de qué es esta frase se puede reconocer como un futbolero. La frase es del 24 de junio de 1990. En Turín, Italia, se enfrentaban, en un partido por octavos de final de la Copa del Mundo, Argentina y Brasil.
Argentina venía de ser campeón en el último mundial, pero estaba muy lejos de ser aquel equipo. Había clasificado de casualidad y sufriendo a la segunda rueda jugando un fútbol horrendo. Brasil en cambio era el equipo sensación y eso iba a quedar plasmado en el juego durante todo el partido. Los brasileros nos pegaron un baile infernal y no pudieron hacernos ningún gol por la suerte de los palos y porque en el arco estaba Sergio Goycochea.
Llegando al final del partido Maradona, con una lesión en el tobillo, recibe la pelota en mitad de cancha. Se saca de encima a Alemao, compañero suyo en el Napoli. Después a otro brasilero y ya cayéndose le pone un pase filtrado entre Ricardo Rocha y algún otro defensor a la diagonal que trazaba Claudio Caniggia. Éste recibe, amaga a patear, y lo deja al arquero Claudio Taffarel en el piso para definir con el arco vacío y poner el 1 a 0. Momento épico en la historia del fútbol argentino.
La frase: “Alemao que no”, la dice el periodista argentino Lázaro Silverman, más conocido como Marcelo Araujo mientras relata el avance de Maradona con la pelota. ¿Qué habrá querido decir? ¿Que no lo marcó a Maradona? ¿Qué no quiso pegarle porque era su amigo como se dijo tiempo después? O quizás, ¿que no pudo frenarlo porque el otro era el mejor jugador de todos los tiempos?
Si, vamos a ser honestos. Si hablamos de fútbol me confieso Maradoniano a ultranza.
No sabemos que es realmente lo que quiso decir, pero quedó grabada en los discos rígidos de cada futbolero de esa época.
Yo para ese entonces tenía cuatro años y me quedaron algunos recuerdos de ese mundial. No exactamente de ese partido, pero si me acuerdo que durante toda la semana repetían el gol y yo se lo festejaba a Cármen, la empleada doméstica brasilera que trabajaba en mi casa. Entonces, ¿Por qué quedó tan grabado en mi memoria si yo sólo tenía cuatro años?
Porque yo no tuve una infancia normal, yo tenía una enfermedad, me diagnosticaron como un enfermito futbolero. Durante esos años me la iba a pasar mirando partidos y videos VHS de fútbol. Mi preferido era Héroes 2, la película documental del mundial de 1990. Me acuerdo todos los sucesos, relatos y hasta música de ese video. Yo no miraba superhéroes porque ya tenía a los míos. ¿Para qué quería a los Batman, Superman y unos japoneses, que nunca supe ni los nombres y aparecieron en esa época, si yo tenía a Claudio Paul Caniggia, nacido en Henderson, Provincia de Buenos Aires? No pude entender jamás, como les gustaba ver dibujitos y no La Historia de los Mundiales que tenía a México 70. ¿Cómo es que jugaban a videojuegos y no veían La Racha de Boca o los campeonatos del 91 y 92 con Bati, Latorre y el Manteca Martínez?
Mi infancia está claramente marcada por esa enfermedad que tuve y si bien la pude superar, dejó huellas imborrables en mi personalidad y principalmente en mis analogías a la hora de contar cualquier historia.
Esa película que me iba a causar esa enfermedad tuvo otro efecto secundario: Con sus frases explicativas del lugar de nacimiento de cada jugador me iba a transformar en un erudito en geografía. Sergio Javier Goycochea, nacido en Lima. Provincia de Buenos Aires. ¿Cómo no me iba a interesar donde estaba Lima si de ahí había salido mi superhéroe?
Nunca entendí bien, pero en el fútbol argentino los periodistas y relatores tienen una fascinación por el lugar de nacimiento de cada jugador. Como si al nombrar al deportista ilustre salido de un pueblo de diez mil habitantes se le rinde algún tipo de homenaje a la localidad. A mí eso siempre me llamó la atención y tengo el registro de todas las localidades donde nació algún jugador e incluso cuando voy por una ruta argentina, leo el nombre de algún pueblo y me sale desde adentro: Zárate: Bochini o Empalme Villa Constitución: Abel Balbo.
Esa enfermedad que me causó Heroes 2, dejó tanto en mí que aún hoy, cuando tengo que tomar algún tipo de decisión urgente en mi vida, pienso en el final del relato de Araujo que le señala a Caniggia que era el momento indicado con un “Caniggia ahora o nunca” y yo espero que esa decisión mía termine como aquel gol argentino.



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