Tuesday, May 5, 2020

No se traiciona a la sangre



Desconfío de tres tipos de hombres:

De quien no toma agua de la canilla bajo ningún punto de vista.
Porque lo considero un aburguesado, que pretende ser más de los es dentro su condición de humano. Si el agua de la canilla es potable como pasa en Buenos Aires cualquiera la puede tomar. No digo de aquellos que prefieren una Villavicencio con el vidrio empañado porque tiene un mejor sabor. Digo de aquellos a quienes les ofrecen agua de la canilla siendo lo único que hay y dicen que no. Aún cuando se mueren de sed. Siento que es como creerse que uno tiene un organismo superior al de otros humanos y si toman agua de la canilla se oxidan por dentro. Es como esos autos de gama alta a que sólo le podés cargar la super de alto octanaje. Desconfío de esas personas que se creen gama alta antes de ser personas.

De aquellos que, en baños públicos, habiendo mingitorios libres, eligen orinar en un cubículo.
Porque considero que tienen algo que ocultar. Al contrario que el punto anterior me da la sensación que se sienten inferiores. Estos son aún peores que los anteriores. Porque generan rencor. Los rencorosos, revanchistas pueden ser de temer cuando actúan.

Y aquellos que no son del mismo equipo de fútbol que su padre.
Sobre esta creo que son de los hombres que más te tenés que cuidar. Son aquellos que pueden traicionar su propia sangre. El equipo de fútbol no se elige. Uno es del equipo de fútbol que es su padre. Aún cuando su padre sea totalmente indiferente al fútbol y no le transmitió un fanatismo al hijo. El hijo debe ser el mismo equipo que su padre. En Argentina todo infante en cualquier parte del país en el que estes, vas a acercarte al fútbol de alguna forma. Es ineludible, si no te transmitieron esa pasión fútbolera en tu casa, la presión social hace que elijas a un equipo. Y vos, preocupado porque en el jardín estaban los hinchas de un equipo y de otro cuando llegas a tu casa, como todo niño recurrís a tu propio Wikipedia: tu padre. “¿Papá, de qué equipo sos?”. Y la respuesta va a ser la misma que vos vas a dar por siempre.
Si cambias esa respuesta, estás traicionando a tu propia sangre. Y si traiciona a tu propia sangre, puede traicionar a cualquiera.


Por eso, yo no elegí ser de Boca. No me acuerdo el día en el que elegí ser de Boca. Simplemente miraba los partidos con mi papá y con mis tíos y lo fui adoptando. Me acuerdo que antes de mis cuatro años ya era fanático. Tras largas luchas de glamour con mi madre conseguí que se empiecen a regalar camisetas de Boca y pasaron a ser mi elección diaria cuando me consultaban. Mi mamá muy preocupada consultó con un psicólogo porque le preocupaba mi obsesión por Boca. Mi mamá preocupada le llevaba los dibujos en los que había que colorear, y yo los coloreaba con la camiseta de Boca. El psicólogo me hizo unas preguntas, unas pruebas que ni me acuerdo de que habrán sido y le dijo a mi mamá. “La felicito, su hijo es superdotado. Porque ya eligió ser de Boca”.
Yo le pedía por favor a mi papá que me llevase a la cancha. No podía entender como eso no pasaba en mi vida. Y él, siempre me contaba que era un lugar peligroso y que todavía era muy chico para ir.
Hasta que finalmente iba a suceder, aquel acontecimiento que yo tanto esperaba. Mi papá me iba a llevar a la cancha. No lo podía creer. Mi emoción contenida, mi ilusión y expectativa por ver a mis ídolos en cancha y en un partido por Copa Libertadores.
Me acuerdo que estacionamos el Renault 12 marrón a unas cuadras, y caminamos por unas vías del tren abandonadas hasta llegar a la Bombonera. Estaba cayendo el sol y yo tenía las emociones a flor de piel. Sabía varias canciones simples que me habían enseñado y yo estaba listo para alentar. Mi primera gran desilusión fue que uno de mis ídolos, Diego Latorre, iba a estar entre los suplentes. Mi cabeza de un niño de cuatro años no podía entender como el mejor jugador era suplente.
Empecé a cantar con la salida del equipo a la cancha y veía los papelitos caer. El partido comenzó y llegó mi segunda gran desilusión. La hinchada empezó a cantar: “Ponga huevo, huevo los xeneizes. Ponga huevo, huevo sin cesar…” Y yo sonreí, y me emocioné y empecé a cantar también porque era otra de las canciones que sabía. Pero en el final yo canté lo que se decía siempre: “…esta noche cueste lo que cueste, esta noche tenemos que ganar”. Pero la 12 cantó “tenemos que empatar”. Yo quedé perplejo, y como todo niño inquieto fui a mi Wikipedia personal y le consulté:
“Papá, ¿Dijeron empatar?”
Si. Si empatamos, clasificamos y dejamos afuera a Las Gallinas” Me respondió mi viejo que siempre a River le dijo “Las Gallinas”.
Entonces yo entendí que era importante empatar y también cantaba por el empate, aunque igualmente yo estaba loco por ver un gol. Así que le dije a mi papá que yo quería que el partido salga 2 a 2.
Mi otra sorpresa fue que la hinchada empezó a cantar pidiendo la hora. Pero si todavía falta el segundo tiempo, recién empezaba. Mi cabeza no entendía y una vez más mi papá me explicó la ironía del canto de la hinchada.
El partido corría y mi decepción por el 0 a 0 y sin ocasiones de gol era cada vez mayor. Ingresaba Latorre a la cancha y mi ilusión volvía a crecer. Tuvo una chance de gol que es lo único que me acuerdo. La pelota saliendo por encima del travesaño y yo lamentándome la única situación que tuvo el partido.
Terminó el partido en un empate sin goles, pero la gente estaba exultante. Yo tenía un sabor agridulce de haber conocido la cancha, la hinchada y los cantos. Pero no pude gritar ningún gol.
A la salida en una esquina mi papá me levantó en sus hombros y me dijo que me sujetara bien fuerte y empezó a correr. Detrás nuestro, la policía montada nos corría sin razón. Me acuerdo sentir el pánico del peligro. Tengo grabado esa esquina con los portones de metal. Yo no podía dejar de pensar en los peligros de los que me hablaba mi papá. Finalmente cuando nos disipamos mi papá me explicó que esos eran uno de los peligros en la cancha y que por eso no quería traerme. Porque era para cuidarme.
Ese partido fue Boca Oriente Petrolero por el grupo de la Copa Libertadores del año 91. Conocido por las sospechas del arreglo de un empate que beneficiaba a ambos equipos.
Fue mi primera vez en la cancha de Boca y con mi papá. Yo jamás podría traicionar a mi sangre.

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