Friday, May 1, 2020

Mis momentos con el 10.

Siempre escuché el programa de radio de Matías Martin. Te hacen sentir como si estuvieses hablando con amigos. Tenían una sección en la que entrevistaban a un invitado haciéndole 17 preguntas. Las preguntas eran siempre las mismas y cada una habría a una historia que el invitado se explayaba. La pregunta número 10 era una anécdota con Maradona. Porque absolutamente todos los argentinos tienen algo con Maradona. Y es cierto, nadie le es indiferente Maradona. Aún hasta el más indiferente de todos tiene, aunque sea, una opinión del porque de su indiferencia. Siempre me imaginé en que sería esa pregunta para mí.
Yo iba a un colegio primario inglés en el barrio de Belgrano R. Vivía en Villa Urquiza y todas las mañanas me llevaba al colegio mi padre o mi madre, según la ocasión, recorriendo la Avenida Olazábal hasta el fondo y en Melián doblábamos a la derecha. Ahí fue, exactamente en esa esquina en una mañana de algún año de principios de los noventa la primera vez que vi en vivo y en directo a Diego Armando Maradona.
El Diego vivía en Villa Devoto y las hijas Dalma y Giannina iban al Colegio Pueblo Blanco que quedaba por Belgrano. Es decir, que todas las mañanas la familia Maradona hacía el mismo recorrido que yo a la misma hora durante todos los días del ciclo lectivo escolar. Sólo aquella vez nos cruzamos con el Diego.
Mi papá estaba llevándonos a mi hermana y a mí a la escuela. Los dos sentados atrás y yo en el asiento del lado derecho. Venía cansado como casi todas las mañanas de mi infancia (y muchas de mi adolescencia también) cuando siento que mi papá empieza a desesperarse. Sin entender que es lo que estaba sucediendo levanto mi miraba dirigiéndola hacia mi papá con fastidio por interrumpirme mis momentos de limbo antes de que tenga que llegar a la escuela. Mi viejo, me señala hacia la derecha por la ventanilla y me dice “Es Maradona”. Inmediatamente me despabilo, y veo a mi derecha por mi ventanilla un auto coupé blanco. Se veía al Diego tocando bocina y saludando a todos con la mano por afuera de la ventana. Es realmente difícil poner en palabras lo que me estaba pasando emocionalmente. Llegué extasiado al colegio a contar mi anécdota para ser el más popular del día. Mucho tiempo después entendí lo que era el Mito Maradona. Porque tengo mis serias dudas de que yo, con mis escasos años, tenga un criterio futbolístico acabado para poder elegir a un jugador por encima del otro. Era la influencia de las historias que a mi me contaban tanto mis familiares como los periodistas.
Mi segunda historia con Maradona es del 28 de noviembre de 1993. El 10 había llegado hacía un poco más de un mes a volver a jugar al fútbol argentino en Newells. Ese domingo Maradona iba a volver a la cancha de Boca como jugador. Para sumar al Mito Maradona mi papá decidió que me iba a llevar a la cancha.
Ir a la cancha para mi era el plan más familiar que había. Generalmente iba con mi papá y mis tíos. No era un habitué, pero tres o cuatro veces por año teníamos aquel plan en conjunto. Un año antes había vivido lo increíble que es ver a tu equipo campeón dentro de la cancha y con solo siete años. Pero la tarde de Maradona me iba a dejar tan eclipsado como el día del campeonato. Del partido me acuerdo poco y nada, pero tengo grabado el recibimiento, la ovación, la cantidad de fuegos artificiales que aturdían, de ver el humo que tapaban los viejos palcos y de ver a Maradona entrando a la cancha de Boca con la camiseta de otro equipo.
Después de la crisis económica argentina del 2001 el Colegio Pueblo Blanco había cerrado y la directora de ese colegio se fue al Colegio que estaba asociado a mi club de rugby. El San Eduardo en Vicente López. Dalma había seguido a su directora y se cambió a dicho colegio e iba a ser compañera de muchos amigos míos de rugby.
Después de una infinidad de traspiés académicos que fueron una tortura adolescente, tenía que terminar y elegí hacer el último año de mi secundario en el Colegio San Eduardo con mis amigos de rugby, y si, también iba a ser compañero de Dalma Nerea Maradona.
El 2004 había sido un año muy difícil en la vida de Diego. Era el año que estaba obeso, en Cuba y ya ni me acuerdo que problema tuvo que lo trasladaron a La Clínica Los Arcos y se salvó de milagro.  Yo en ese momento estaba en una etapa de enojo con Maradona. En los 6 años anteriores había visto al Boca de Bianchi ganar todo y mi admiración e idolatría había mutado para esos jugadores de Boca. Y con Maradona empecé a indignarme moralmente ética e hipócritcamente por sus acciones en la vida.
Con Dalma tuve una relación cordial en la que rara vez habló o mencionó al padre. Siempre la traté como una persona más y me demostró ser una excelente persona, totalmente centrada y sin ningún delirio como tranquilamente podría tenerlo siendo la hija de Dios.
A fin de año llegó el momento de la entrega de diplomas a los egresados. El Diego recientemente se había recuperado de su episodio, todavía estaba en Buenos Aires e iba a concurrir al evento. Aquel diciembre fue de un calor de esos que seguís transpirando después de bañarte y en la semana previa Dalma nos cuenta que su padre decía que hacía muchísimo calor y que con el sobrepeso que llevaba iba a transpirar mucho si iba de traje. Entonces que el había decidido ir en bermudas. Fue Doña Tota la que lo hizo cambiar de opinión para que se ponga el traje diciéndole que iba a ser la primera Maradona que terminaba la escuela.
En la entrega de diplomas cada egresado era llamado de a uno, y entraba desde el fondo, donde nos encontrábamos sentados, atravesando todo el salón hasta llegar al escenario. El Diego estaba pegado al pasillo que se formaba para atravesar el salón. En cuanto paso cerca suyo, por más enojo que tenía, quedé hipnotizado por su presencia. Creo que caminé todo el pasillo mirándolo a él, aunque sea de reojo. Evidentemente, fue tanto lo que lo miré que al pasar por al lado suyo el se extendió y me dio unas palmadas en el hombro. Sentí que me estaba teniendo contacto con un ser de otro universo. Cuando finalizó el evento todos fueron a acercársele a Maradona para una foto, un saludo o un autógrafo. A mí no me interesó, con esa palmada yo estaba de por vida y ya me había cautivado de nuevo y ahora para siempre.

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