Tengo 16 años y empiezo mi cuarto año en un colegio nuevo. Es un colegio inglés en Villa Urquiza donde conozco a casi todos mis compañeros. Muchos jugaban conmigo al rugby, otros los conocía por ser amigo de mis amigos. Me sentía cómodo por primera vez como hacía mucho tiempo que no me pasaba en un lugar. Sentía que ese colegio era un lugar al que pertenecía sin nunca antes haber pertenecido. Es mi primera semana y los recreos son mi momento social preferido. El calor y el sol del fin del verano hacen todo aún más amigable. Estoy distinto, confiado, cómodo. Encontré mi lugar. Mi amigo Gabriel con quien había compartido unas vacaciones unos meses atrás se reía de mí y me decía que parecía que siempre había ido al colegio. Con el también pasó algo así, nos conocimos y parecía que habíamos sido amigos de toda la vida. Con otro amigo, Agustín, me hicieron notar algo que antes no pasaba: “todas las minas te miran porque sos el nuevo. Pero sos el nuevo que conoce a todos”. No entendía mucho porque nunca antes me había pasado pero empecé a ver que eso realmente pasaba.
Hormonas a flor de piel y mi confianza aumentaba a medida que me sentía cada vez más mirado. Mientras tanto mi primera semana iba preguntando por cada una que me parecía linda de cada año. Un colegio chico, con un patio chico donde rápidamente ya estaba la población estudiada.
Último recreo de la tarde y de repente veo a una chica que jamás había visto. Estaba contra el mástil del fondo del patio, hablando con una profesora de inglés. Desfachatada, con aires de seguridad, medias caídas, zapatos náuticos gastados con algunos dibujos en los costados y una sonrisa cautivante.
“Gon, ¿quién es ella?” Le pregunte a quien sabía los nombres e historial de cada persona del colegio. No entendía como no la había visto antes.
“Es Julia, está en tercero. Creo que estaba de viaje”.
Esperé sigilosamente a que termine aquel recreo y subimos juntos la escalera al segundo piso. No me acuerdo que le dije en aquel pasillo pero aquella conexión estaba hecha. Durante todo el año me fui acercando de a poquito.
Nos hicimos amigos, cómplices, nos reíamos, hablamos por ICQ o MSN hasta tarde y a la mañana la veía llegar cansada caminando por la calle Plaza, donde ella vivía a dos cuadras del colegio. A veces se bañaba a la mañana y llegaba con el pelo mojado. Siempre con el tiempo justo o hasta unos minutos tarde de la hora de entrada.
Ella estaba de novia, medio en secreto y medio oficial, o quizás es algo que no quiero recordar pero teníamos sin duda una relación especial.
A fin de año una tarde me invitó a su casa. Los amigos la tiraron a la pileta, yo le acerqué la ropa para que se seque y fue donde sentí más de esa complicidad. Mis visitas a su casa de estilo inglés antiguo comenzaron a ser cada vez más habituales. Pasábamos horas hablando en su cuarto de paredes escritas, el piso de parquet chillón y los dados de peluche colgados en una silla. Me acuerdo que hablábamos de libros leídos y escuchábamos algunas canciones de Beatles pero creo que nuestra conexión era desde lo emocionales que éramos sin decirnos mucho. Me encantaba su simpleza, su fragilidad, el estilo bohemio hippón y su pequeño lunar en la nariz.
Las charlas comenzaron a subir de tono y una noche del 10 de enero de 2003 me despidió en su casa, en la puerta de su garaje. Nos abrazamos, nos acercamos y empezamos a besarnos. Puedo acordarme la rugosidad de su lengua contra la mía y como ella bajaba su mano a tocarme el culo sobre mi malla celeste. Nos despedimos y la sensación de plenitud que tenía al volver a mi casa era tal que hasta hice algunas de esas diez cuadras corriendo.
La culpa no iba a poder con ella que iba a terminar con su noviazgo y tuvimos varios meses de vernos a escondidas y en silencio. Horas en su casa, abrazos y hasta siestas juntos. Tuve un golpe en la cabeza por jugar al rugby y su visita a mi casa me transmitió calma. Sabía que su compañía estaba.
No nos expresábamos mucho sólo nos sabíamos compañeros y ante algunas demostraciones de mis sentimientos ella imponía cierta distancia. Estaba convencido de que era ella y creía que íbamos a perder la virginidad juntos, sin decirnos mucho, creo que ella también pensaba en ello.
Por momentos su distancia me presentaba cierta desconfianza e inseguridades y quien creía ser un nuevo galán no podía perder las oportunidades que se le presentaban. Ante preguntas insistentes mías y cierta ansiedad por su amor, ella se cuidaba y se desentendía de todo.
El día del desfile de 5to año del colegio una amiga suya me vino a hablar muy de cerca. Se acercó y nos dimos un beso. Me creí que le demostraba que no me importaba y que el galancito podía estar con quien se le de la gana. Estupideces de niño inseguro que no entendía lo que era apostar por el amor de otra niña inocente.
Me acuerdo su reacción, su distancia, mi arrepentimiento y como me rompía el corazón cuando rápidamente volvió con su novio original contándole todo lo que había sucedido conmigo. Había perdido contra mi ansiedad, contra mi mismo. Había perdido quien pudo ser mi primera historia de amor.
Siempre quedó el afecto intacto hacia ella a pesar de la distancia que empezó a marcar por razones lógicas.
Volví a cruzarla mucho tiempo después, cerca de la estación de tren. Creo que era año 2008 y fue la última vez que la volví a ver. Llevaba los ojos con lágrimas, apenas pude saludarla y darle un breve abrazo en el que no sirvió para contenerla.
Doce años después revisando viejos archivos de una computadora abandonada encontré una foto suya y quise compartírsela. Busqué en redes sociales su nombre y se la mandé. Le pedí un perdón tardío e innecesario tratando de enmendar algo. Compartimos algunos recuerdos más y leí unos textos que escribió de los cuales me quedo con una frase que describió todo lo que pasó diecisiete años atrás. Porque el tiempo hizo su trabajo y fue diluyendo todo menos los recuerdos lindos que hoy escribo acá, con nostalgia de lo que no ocurrió.
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